martes 3 de julio de 2007

Un Minuto

La perspectiva es inigualable a pesar de que, irónicamente, el destino, el futuro, la suerte, el simple azar son ficticios para él.
El suburbio se le obsequia en libre naturalidad. No puede creerlo. No debe perder detalle; no olvidará un súbito segundo en toda su vida.
Inmerso en el paisaje convertido en escenario para él, espectáculo invaluable de sus sentidos. Lienzo reconciliado, a la lejanía, con lo abstracto que representa el bosquejo de ese par de avenidas paralelas, torciendo a capricho más de una vez hacia cualquier punto perdido entre edificios, arboledas y el smog. Los autos que las surcan parecen frenético hormiguero de metal, multicolor, que refleja, en intervalos de monótona sorpresa, la luz alta del sol que a la vez explota en la atmósfera; enmarcada por las nubes jubilosas ante la fugaz dicha de Jacinto.
Es tan corto el lapso que su emoción no puede darse el lujo de reflexionar, de concentrarse en un punto determinado; olores y sonidos crean en su garganta, en el ambiente, un trago tan dulce, complaciéndolo lo necesario. Vasto al descubrir al fin la simetría imperfecta, a lo lejos, de su propio barrio; su vida en un suspiro impostergable; recortado en trecho alcance, a la altura de esa capilla, por las ramas más frágiles, desnudas, de un árbol viejo, despuntando ociosas a pocos centímetros del barandal, donde los párpados y la boca de Jacinto no pueden abrirse más ante el trazo de la sombra de docenas de arquitectos, firmada por un niño en cautiverio.
La bandera nacional, en la cima del horizonte, guarda el luto de su tristeza al lucir escurrida, inmóvil en aquel mástil afilado.

Todo ha resultado un redescubrimiento intraducible.
A sus pies, sobre la calle del hospital, en un parpadeante zoom de sorpresa, no sabe si el vértigo que siente es debido a la altura, con las manos esposadas, o a lo que representan realmente las esposas, su profunda depresión al ver caminar a la gente por la banqueta sin que nadie repare en él. Los autos entran y salen de la calle angosta, angustiantes; como efímero obsequio de la vida allá afuera.
Varios chicos juegan fútbol en un parque cercano. A Jacinto le parece escuchar sus gritos; confundiéndose con las aves jugueteando de palmera en palmera, en el camellón, sobre el bulevar.
Los transeúntes que no contestan llamadas en sus móviles parecen cuestionarse a sí mismos en absoluta abstracción.

El viento ligero que inicia su jornada parece cargar con las pocas nubes más allá del lienzo; al invitar a ese gato equilibrista, gran amo del balcón, a reclamarle su presencia a Jacinto, viéndolo directo a los ojos, a la vez que maúlla de nuevo, prepotente, erizado su lomo pardo; libera al hombre de su ensimismamiento.
Una voz seca, autoritaria, pero al mismo tiempo reflejando cierta compasión, se escucha desde el interior:
-¡Eh! ¡Jacinto! ¡Se acabó! –ve de reojo su reloj de pulsera.
Jacinto voltea despacio, abstraído aún. Sabe bien lo que la orden significa; el minuto más largo de su vida se ha terminado.
Quisiera quedarse ahí, inmóvil para siempre, junto al gato que impasible espera la retirada sin pretextos del extraño.
Los chicos siguen jugando fútbol. Las aves cantan en las palmeras. La ciudad interpreta su infortunio.

El esposado desfila junto al recio policía custodio, quien lo observa como si descubriese de pronto un milagro sujeto a su propia muñeca; a su pasado.
Jacinto nunca logró planear unas vacaciones como todo el mundo, unos cuántos días al año. Primero fue el exceso de trabajo, la bonanza, el cumplimiento del deber y el pago del amparo; luego la falta de dinero, la quiebra. Las deudas le ordenaron mentir para hacer realidad el sueño de los suyos; pero terminó cometiendo ese pequeño error que lo hace comprobar ahora, después de los primeros cinco años de condena, que la eternidad de la ciudad Lux suele conjugarla uno que otro afortunado en tediosas estaciones a la sombra.
Acaba de firmar la paz con un mundo que difícilmente reconoce la libertad en el chasquido de unos dedos: el policía custodio cierra contundente la puerta de cristal del balcón; amotinándose en la mente de Jacinto tanto recuerdo que creía olvidado en los alrededores de su capilla.




-Me parece injusto que el médico me haya pesado con las esposas y la cadena puesta. ¡Te aseguro que si hubiera ido al baño antes, pesaría, mínimo, dos kilos menos de lo que anotó el doc!
-¡Pinche Jacinto! ¡Si sigues así no volverás a ver nunca la ciudad! –ríe de buena gana el custodio amigo; sigue la broma del reo sin perder detalle de su caminar inseguro, enfermo; avanzan ambos por el pasillo en penumbra hasta llegar a la celda, a esa eterna morada, dueña del destino en futura suerte al azar.
La reja se cierra en un eco que duele, activándose automático el cerrojo ante la curiosidad sigilosa de uno que otro preso vecino. La voz de las palmeras se adormece en el convicto.
-Ni una palabra a nadie, ¿entendido? –le susurra el policía al más afortunado de los prisioneros.
-¿Cuándo volveré a verla? –pregunta a media voz Jacinto; macizo su puño en los barrotes de acero que su mirada parece iluminar.
-No lo sé,... no lo sé –evadiendo la mirada del recluso se aleja despacio. Debe entregar ahora mismo el informe al alto mando.

No se Culpe a Nadie de mi Muerte

–¡Pero es que no hay manera, señor mío! ¿Hace falta que se lo explique en arameo? –sube el tono de su voz ronca la mujer madura– ¡Por el alma de mis nietos! ¡Llevo veinte años trabajando aquí y es la primera vez que me sucede esto!

–Póngase por un momento en mi lugar –lo intenta por enésima vez, el tozudo hombre de aspecto sencillo, inocente, simple; tan simple como su chamarra de mezclilla que lo abriga hasta la cintura en su corta talla; dibujando apenas el esbozo de lo que fuera una abierta, emocionada sonrisa tres minutos atrás–, si paso estas palabras a un papel, siento que perderán por completo su significado, les añadiré una coma, así como no queriendo la cosa, pensando que de esta manera ganará en énfasis, usted sabe. Luego, seguramente vendrán los sinónimos y la fonética. ¡Por favor!, ¡acepte usted el mueble! Total, podrían colocarle el sello en la parte posterior o incluso sobre la frase; por mí no habría ningún problema –encogiéndose tímidamente de hombros.

–Eh… disculpe la intromisión, caballero –interrumpe la disputa en la fila un desconocido de gabardina negra, que abraza con ternura tres breves ejemplares empastados, detrás del pintoresco individuo que se empeña en convencer a la empleada de la oficina de Derechos de Autor–, si no he entendido mal, ¿desea usted tramitar… alguna clase de derechos sobre… ese buró? –clava su vista curiosa en el singular enser, reducido a una diminuta puerta sin molduras y hasta sin manija; siente la necesidad de asomarse por ese huequillo redondo que alguna vez albergara una chapa, ahora ligeramente astillado, entre barniz quebradizo; mientras se desabotona la gabardina.

–¡Claro que no! –responde con el último aliento de su sonrisa el aspirante al registro–. Yo solamente deseo el certificado que me conceda la autoría de mi frase –coloca el buró en el suelo (además es cojo), señalando pusilánime la dichosa oración, literalmente grabada en la parte superior de la vieja madera del buró.

Hasta la dama se pone en pie para asomarse con cautela, a través de la ventana. El creador de la frase siente orgullo; el fulano entrometido se sorprende, no tanto del concepto, sino de la habilidad del otro por plasmar con cierta claridad ese puñado de letras, diminuto y chueco sobre el pequeño mobiliario; confundiéndose una “R” con un par de “pes” minúsculas en tipo y tamaño.

–Vaya vaya… ¿usted labró esto? –pregunta con descaro el de la gabardina, aguzando su larga nariz de gavilán y esos ojos miopes de lechuza trasnochada.

–Así es –responde el proyecto de artista; hinchándose ahora de orgullo, a pesar de no sentir mucho ánimo para transformar su rostro insulso, alargado y triste, en al menos un gesto de esperanza.

–Pues lo felicito. Hace falta mucha paciencia para lograrlo. ¿Qué usó?, ¿formones?, ¿gurbias? Debió necesitar también un delicado martillo de tapicero –agachándose aún más para asegurarse si aquello que intenta enfocar son simples letras o una extraña fórmula extendida.

–No. Solamente un cuchillo, un cuchillo de mesa. Eso sí, bien afilado –afirma, satisfecho de su obra.

–Y… dígame… ¿qué significa? –parpadea sin descanso, inclinado sobre sus rodillas; intenta adivinar la identidad de un cero que quizás sea una O.

–¿Pues qué no lo lee? –un poco molesto responde el autor, para luego pasar la vista por la frase, recitándola con cierta afectación:– “El sentido del humor es más importante que tener amigos, mujeres o dinero, pues al poseerlo, los otros tres se darán por añadidura”.

Poco a poco asimila el varón intrigado que eso que parecía el símbolo de raíz cuadrada, es la patética tilde de una letra Ñ al borde del barranco.

–Yo no tengo ningún inconveniente en recibir su obra –interviene la oficinista, quien a pesar de tener una apariencia amable, en este momento luce un tanto desencajada, colocándose una vez más sus coquetos anteojos, de nuevo sobre su silla giratoria, alternando la vista entre ambos sujetos–; bastante trabajo le habrá costado al amigo haberlo logrado, lo reconozco y admiro su labor en la talla de maderas; ¡pero hombre!, ¡siempre y cuando la presente como todo el mundo!, ¡un escrito con valor literario debe entregarse en papel y por duplicado!

–¡Es que usted no comprende! ¡Yo…!

–¡Sí, sí! ¡Ya sé! ¡Las comas y la fonética! –interrumpe la dama madura al necio y chaparro dueño del buró; provocando que el fisgón de la gabardina dibuje una divertida mueca, risilla que dirige a las cinco o seis personas ya inquietas, en fila detrás de él, para luego retornar la mirada morbosa sobre la frase casi rupestre; al mejor estilo del forense que elucubra pretextos con el fin de desenmarañar el enigma del cadáver a sus pies.

–De haber contado con una sólida orientación escolar –dice al aprendiz de tallador–, y sobre todo una clara idea de mi vocación, allá, en mi lejana juventud, lo más probable es que ahora yo sería un simple siquiatra, y como tal, en lugar de venir a registrar mis poemas, estaría recitando alguna hipótesis para resucitar el sicoanálisis; usted sería un excelente conejillo de indias en mi afán de debatir sobre el alcance de la originalidad en relación con la autoestima; pero como un iluso escritor frustrado, le digo que, frases con menor fuerza que la suya, se han convertido en proverbios de generaciones enteras… “El sentido del humor… es más… ¿importante?... que tener amigooos… ¿mujeres?.... ….. o d-di-dinero, pues al mmmm mmmm mmmm...” –termina de leer la sentencia del buró, en silencio, mientras la burócrata parece desesperar–. Me gusta, me gusta. Me agrada usted. ¡Tiene un sarcasmo impresionante!

–¡A ver! ¡Se pueden dar prisa ustedes! ¡Tengo que regresar a mi trabajo! –se queja una chica, molesta de ver la fila sin avanzar.

–¡Sí, ande! ¡Vaya a su casa y escriba eso en un papiro si lo desea! Le puede anexar una fotografía del buró, si tanto significa para usted –se une otro al reclamo, con bufanda enrollada en el cuello y hasta guantes; a pesar del aire acondicionado en la oficina; mientras el resto de las ventanas y en general el personal laboran normalmente.

–Es más –añade una tercera voz, el subalterno que atiende al público, al lado de la mujer madura, el clásico gracioso que nuca puede desayunar a gusto, si antes no ha dicho una de sus frases célebres; dirigiendo su boca de guasón al propietario del buró–, le prometo hablar hoy mismo con el director, para que enmarquen la fotografía en el archivo. ¡Jajaja!

Su risotada sólo encuentra acomodo en el sorbo de café que, con disimulo, mezcla la mujer que atiende al par de excéntricos, con un guiño de mala gana, como diciéndole al gracioso “por favor, no empieces tan temprano”…

El hombre de la gabardina toma del codo izquierdo al contrariado aspirante, susurrándole al oído:

–En verdad es usted original. No sólo creo que sea de su autoría la oración; demuestra, además, valor al venir hasta aquí con este cuadroide de madera… “El sentido del humor –vuelve a leer, más fluido, sobre el buró– es más importante que tener… amigos, mujeres o dinero… … …”. Amigo mío –extendiéndole su mano, de espaldas a la fila–, le ofrezco mi amistad. Ellos –alza la voz, refiriéndose a la gente detrás– sólo vociferan frustración, escuche su protesta hueca, exigiendo ser atendidos de ipso facto; clásico de quien, con la mofa injustificada, logra desahogar su soledad. Su osadía –sigue el de la gabardina; sin percatarse de que las largas uñas color rojo caramelo, de la empleada, simulan la cabalgata de un caballo desbocado– me recuerda a otro viejo amigo, el cual leyó únicamente un libro en su vida, pero le bastó para escribir sus memorias. En cambio su frase denota un ingenio y agudeza genuinos.

–¡Ya! ¡Me tienen harta! –explota la burócrata, apoyada por el resto en la fila–. ¡Usted se va con su mueble a otro lugar y usted ya deje de abrazar esos poemas; pásemelos para darles trámite!

Ante semejante orden, el hombre se arremanga la chamarra de mezclilla, muestra la desnudez de sus frágiles brazos, carga con su buró y una profunda resignación; al imaginar sus sueños a futuro impregnándose de una sintaxis militar.

–Sólo dígame una última cosa –añade la vieja oficinista, provocando que el pobre tipo voltee, buró en manos, antes de marcharse–, ¿por qué?, ¿por qué no en papel?, ¿por qué no con un bolígrafo al menos? –con cierto tono piadoso en su voz.

–Porque yo nunca escribo –responde rápido, sincero–. No tengo necesidad de esas cosas –se siente un desgraciado al que el mundo le niega todo de tajo; levanta su mirada cohibida, hasta encontrar la de la señora; provocando que el chistoso de al lado dibuje esos patéticos hoyuelos a cada extremo de su boca de bufón al preguntarle:

–Pero ¿por qué la miras así? ¿Acaso mi jefa te provoca miedo?

–Eh… bueno, el que no se ponga nervioso al estar al lado de ella, no debe ser un hombre –responde de nuevo, viendo tímido a los ojos de la mujer, los cuales se abren con gran sorpresa, halagados:

–¡Por el alma de mi difunto esposo! –chilla su voz rasposa con toda la coquetería y maquillaje de sus arrugas–. ¡Después de semejante cumplido, si tuviera veinte años menos no dudaría en irme con este tipo! –a punto de verter su café sobre los anteojos que se retira de nuevo, ruborizándose ligeramente–. ¡Un hombre con sentido del humor!, ¡qué maravilla! –grita la mujer sin importarle nada.

En verdad conmovido, con sonrisa paternalista, interviene el poeta, quien coloca al fin su obra a disposición de la dama encantada, misma que lo ignora.

–Caballero, usted es como las hormigas, capaz de cargar con el prójimo; pero se empantana en una gota de agua. Entró aquí con un buró vacío y se lo lleva con un amigo y el recuerdo de una mujer. Le faltó un paso para convertirse en profeta…

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Hace frío en la calle. El solitario empastado, con el sello de propiedad intelectual, lo luce con orgullo, bajo el brazo, su dueño; satisfecho de poseer una obra inútil más en su colección.

Camina pavoneándose entre la gente, hasta llegar a una esquina donde un triste payaso, no sólo por su maquillaje que solloza, lamentable; además esa postura de derrota sin remedio, parece descansar su fatiga en un poste.

No cesa el tintineo de monedas cayendo dentro de su sombrerucho de tela, que sostiene con su mano sucia, enguantada; contrastando sus holanes multicolores hasta forrarlo de tobillos a muñecas; cada zapatote luce enlodado. Pero sobre todo, con ese par de cartelones que le cuelgan de pecho y espalda, unidos en la parte de arriba por un frágil bastidor a manera de chaleco, atado en los costados. Cada uno de los cartelones tiene inscrito con letra impresa: “No se Culpe a Nadie de mi Muerte”.

El payaso, flaco, larguirucho, se da un suspiro, cambiando de pie de apoyo y de mano, para aguantar el peso de las monedas que siguen cayendo en el sombrero de tela, a punto de romperse.

El Helicóptero


Hace tanto calor que termina por desnudarse; avienta el pantalón de mezclilla en algún rincón, su polera sobre esos cables asomando más allá de la terraza, entre las ramas de un enorme árbol repleto de tordos que duermen.

Barry White parece fatigado de repetir su recital al menos en cinco ocasiones. La ciudad en reposo le brinda el ulular de una ambulancia, asonante con el murmullo de unos pocos automóviles y el ladrido frenético de más de un perro.

No necesita más. La noche es plena, despejada, calurosa como un horno en espera del futuro banquete.

Pero no todo es armonía. Ya se escucha aquel helicóptero aproximándose desde mar abierto; provocando que su cuerpo frágil, pálido, se estremezca con el vertiginoso vistazo hacia la terraza: ¡Dónde demonios están las luces de la nave! ¡Desde qué ubicación viene el ataque!

–¡Por qué nunca me dejan en paz! ¿Acaso no tengo derecho a intentarlo? –grita, en la posición de un simio barbado que defiende lo suyo, sin saber si su tesoro de molinos es de este mundo o si existe aquel mundo y tal tesoro.

Una cosa es cierta: el helicóptero se acerca. Esto significa que tiene que apresurarse, debe al menos dejar un esbozo; sin reflexionar que es la primera vez que lo intentará.

Para comenzar, elige la pared frente a la dura cama que al final de la madrugada le servirá de sosiego a su osadía. El primer trazo es torpe, ligeramente curvo, debajo de la televisión atornillada a la repisa. Una segunda línea está a punto de proponerle que el surrealismo de una cruz merece el mínimo de clase.

Vagas señales enmarcan la inauguración de la epopeya; mientras el helicóptero lo sobrevuela, pero nadie parece advertir su estridente presencia en lo alto. El hombre se limita a sentir el sudor resbalar por su cuerpo, a horcajadas; no se atreve a voltear hacia la terraza ni a perder detalle de su obra, que ahora observa con pasión desde la puerta.

Le parece haber creado, sin habérselo propuesto, la furia de un toro de lidia que embiste el capote ligeramente cuadroide, para expresar con propiedad el viento ligero que baja por la colina, como abanico extendiéndose hasta el ruedo.

Durante un lapso indeterminado se proyectó en cualquier circunstancia fortuita de su vida; inventa dos o tres anécdotas; también concibe otra excusa innecesaria.

¡No hay tiempo! Regresa a la pared, delinea sus dedos más allá de la puerta del baño, con la respiración entrecortada al plasmar un perfil inusitado que lo orilla a trasponer imágenes; intuye que los espías ya bajan por la escalera.

Le duele la pierna izquierda, al igual que la planta de los pies repletos de cadáveres de hormigas y hasta una diminuta cucaracha, camuflada entre el polvo.

Las rodillas le crujen al momento de retroceder con torpeza, encontrándose a manera de mural con la idea plasmada al fin.

La pintura parece azular sobre esa pared blanca, salpicada de imperceptibles manchas de sangre y hasta un par de alas de mosco que, poco a poco, son arrasadas por el vendaval de las hélices.

Le satisface su creación. No se trata de un bosquejo planificado. Es su originalidad en pleno, originalidad intuitiva, podría decirse; improvisación anímica en su máximo nivel, expuesta sin fórmulas de por medio, con señal abortiva desde el momento en que le cortaron el cordón umbilical. Lo firma. Lo ama.

El sol de la mañana reflejado entre las ramas del árbol, más allá de la terraza, le obsequia aquel toque melancólico a la pared animada hasta donde la estatura del hombre le ha permitido y su propia imaginación sin bozal se atrevió: caos de cruces asimétricas en alegoría que, seguramente más tarde, la camarera sabrá apreciar mientras despercuda, con agua y jabón, el borde del suelo de ese frenético goteo en color negro.

Los tordos hacen su escándalo entre las ramas del árbol. El artista no advierte el vuelo pesado de dos moscos con el abdomen repleto de su propia sangre, en busca del frescor y el sueño debajo de la cama.

A pesar de lucir impecable a sus cincuenta años, dentro de ese traje de medio uso, le incomoda tener que salir a la calle con el bigote entrecano, tanto como el grueso pelambre rebelde de sus patillas y el que asoma en una oreja, pareciendo flotar en el diminuto espejo del baño que refleja su mirar enrojecido. Termina de peinarse con una expresión de paz digna de quien ha logrado arrancarse una alucinación; olvidar su tormento.

Si al menos no sintiera la garganta tan árida, reseca; y es que el agua de la jarra tuvo que utilizarla para diluir un poco más el tinte.

Quisiera cargar con el pedazo de pared para mostrárselo a su esposa, a sus hijas; presumirlo ante ese vecino intransigente que se obstina en burlarse de él por el simple hecho de pasar los domingos en su azotea, proyectando inmortalidad entre ladrillos y adoquines.

Antes de salir del cuarto revisa el portafolios, asegurándose de tener las pólizas en orden. Al momento de apagar el ruidoso ventilador de techo, advierte el zumbo de otro mosco, mimado por el bochorno del Golfo de México y cediendo ante las aspas, después de diez horas de frenético girar, hasta detenerse en un escalofriante rechinido.

Silencio… al fin silencio.

La puerta del cuarto se cierra, cargando el hombre con su maleta y el pequeño portafolios lleno de cobranza ajena. Su estado de ánimo lo invita a bajar la escalera tarareando alguna melodía, al momento de entregar la llave, liquidando el servicio, aún con las uñas manchadas de ese tono que lo ayuda a no evidenciar su época de fracaso.

Un par de tordos se posan en un cable, sobre la camisa, maculada por las gaviotas del verano. La camarera no sabe si marcar a la recepción del hotel o a la policía. Quizás lo mejor sea tirarse sobre la cama intacta, para lograr el mejor ángulo de “eso” que la fascina, sin tener la menor idea del neo-cubismo en perfecta perspectiva.

sábado 30 de junio de 2007

La Mancha



Sus pies hinchados de tanto deambular por la Alameda, apenas caben en los zapatos rotos, exactamente por donde respira a perpetuidad el callo punzante; sobre todo cuando descansa, frente a la vitrina, cada tarde, a la sombra del techo plegable, preferido por él cuando extiende su frescor hasta el pavimento. –El techo ha olvidado escurrir la lluvia y la lluvia, las flemas del viejo por más de tres meses. Lo distrae un rato y deja de seguir ofreciendo cheques al portador, con el amparo de la suerte; pero sobre todo, de la Lotería Nacional.

Sus ojos dejaron de ser confiables de tanto verse en apuros. Ahora son unas gafas que escurren hasta la punta de su gruesa nariz las que lo alertan ante quien quiera canjearle un billete por cheque sin fondos o su pan a cambio de muy poco.

El resto de los sentidos reconocen no sólo el linde y edad de toda moneda, olores o acertijos de pájaros de cuenta, capaces de violar cualquier nido con tal de hacerse de dinero fácil; siempre listo de espantarse un pajarraco de mala muerte, a punta de bastonazos a la menor provocación de su tacto audible, diestro al guiar cada paso tartamudo hasta aquel cuarto de azotea, al fin sacarse los zapatos, el andrajo colgando en idéntico matiz al rostro abotagado; mientras, el corazón se le sale por lo pies.

El sol, reflejado en el cristal, al cegarlo lo vuelve a la vida. El ansia de confort insiste en abstraerlo, pensando cómo hacerse de ese par de zapatos sin que nadie lo advierta; sobre todo los buitres al asecho de su botín.

A medio crepúsculo suele colocarse frente ellos. A fuerza de costumbre se ha convencido, enfocando inútilmente los delgados anteojos, de que son de su exacta medida, quizás un número más grande, para beneplácito de la monstruosa callosidad; y por supuesto que se encuentran en mejor estado que los suyos.

Le atrae sobremanera el moño que forman ambas cintas, como si el par coqueteasen con él: “ven, tómanos, te estamos esperando”; mientras lanza dos o tres muletazos, espantándose las moscas que se turnan para alimentarse del viejo como sanguijuelas.

Con mucho tiento, para que nadie lo descubra, el desgastado hombre desliza el bastón armándose de paciencia infinita, paso a paso, imitando al caracol que parece seguir inmóvil a lo largo de las horas, a pesar de haber devorado la planta de pies a cabeza; sin perder de vista los zapatos que siguen llamándolo, a través de la apetitosa transparencia del cristal. Algo le dice que si no lo intenta hoy, mañana será demasiado tarde. Seguramente no es el único que los desea, que los necesita, que está dispuesto a correr el riesgo a pesar del peligro latente; y es que el bello corte estilo mocasín, con florituras en los lados y el tacón tan perfecto, lo cautivaron desde un inicio. Las semanas se convirtieron en meses y los meses en necesaria obsesión, para olvidarse de una vez por todas de esa burlona mueca formada en cada una de sus chanclas horrendas, que hasta la suela arrastra al caminar por el Zócalo, gritando sus billetes.

La punta metálica del bastón, con cientos de abolladuras, al fin logra introducirse en uno de los rodetes del moño, entre jadeos del viejo, manipulando la operación secreta con sus ojos saltones, a más no poder jalar aire; a punto de perder el equilibrio.

Ya no hay marcha atrás. Los zapatos deben ser suyos hoy mismo; de lo contrario, bien presagia la consecuencia.

El caos citadino provoca que su mente se aísle del entorno, incluso sus oídos silban en ascendente. Es un soldado dispuesto a llegar antes que sus camaradas al pillaje, a la rapiña absoluta entre bombas del enemigo. La bisagra gira en silencio. Tiene medio abdomen más allá de ese espejo de sorpresas. El callo lo martiriza con una punzada no deseable al adversario que sigue lanzando granadas desde su trinchera, incitando al anciano a un último esfuerzo, a sacudir la lengua asquerosa al sentirse tan cerca del manjar; no obstante su escasa y desgastada dentadura.

Un gesto malicioso, que se podría interpretar como sonrisa cansada, puja lo suficiente para que el bigote relamido y las lanas de su barba se tornen grisáceos en el momento en que el sol termina de ocultarse en el último edificio. El bastón logra al fin que los zapatos se muevan. Hasta este momento ningún transeúnte parece advertirlo, aumentando la emoción del abuelo. Penden apenas de la punta de metal, ante el pulso inseguro y su rostro en ambición. La mano derecha apoyada, a punto de resbalar junto con todo ese cuerpo regordete, desparramado, oliendo insoportable; con gran peligro, en cualquier momento, de convertir la osadía en simple anécdota policíaca en la última página de los diarios de mañana.

No puede más. Tiene que decidir ahora mismo entre dar la vida en nombre de la presa o salvar la propia vida. La cabeza calva le da vueltas. Le parece sentir una aguja atravesando el dedo pulgar de su pie. Sus brazos ceden, al igual que los brazos de un árbol atiborrado de fruto, de lluvia, de cuervos, contra la voluntad del huésped.

Pero las cintas del calzado resultaron estar tan enredadas que, más que su bastón, lo que necesita son dos pares de palillos chinos, una lupa y hasta tres pinzas de cirugía, para desmadejar el laberinto en el laboratorio de un siquiatra versado en nudistas: su prominente panza negruzca, apestosa, ya es observada en la calle por los curiosos que se alarman, más allá de lo permitido por el manual de buenas costumbres.

¡Se va a caer!

Fue impostergable una llamada anónima de emergencia a la policía. Las televisoras enviaron equipos al lugar, con la esperanza de tener la edición antes de las nueve de la noche; pero ninguna de las cámaras de tonalidad amarillenta logró el enfoque a tiempo del par de zapatos desbarrancándose contundentes, en línea recta, desde la azotea del edificio de tres niveles, hasta que rebotaron sobre el pavimento desgastado a mordiscos por la lluvia y el tiempo; luego de abollar ligeramente el cofre de un vetusto auto.

El viejo, aturdido en su desesperación, al último instante se concentró, sobre todo, en el fugaz silbido de un largo tramo de cinta de video que se encontraba enredada, a la vez, entre la cinta podrida de los zapatos, que sólo necesitaban de un sublime intento para liberarse de su condena; de la carga de años en que permanecieron colgando entre los cables del telégrafo, en pleno centro de la ciudad. Cables que se colman, cada tarde, de pajarracos en espanto ante el bastón que el viejo apenas logró salvar en la ventana, con el semblante enfermo. Expresión comparable a la del soldado que levanta las manos, pidiendo piedad.

Es cierto, el noticiero de la noche aumentó su audiencia; al menos comparada con la del culebrón –telenovela de moda; y eso que ayer se decidía la suerte del protagonista: en el último capítulo su amante le había ofrecido raudal de tesoros en cheques al portador, con el amparo de su futura viudez. Un segundo más tarde, te invitaban a comprar toda la gama de artículos que podrías adquirir si te ganaras la Lotería Nacional.

Las imágenes en el noticiero resultaron, hasta cierto punto comunes, aburridas, nada fuera de lo ofrecido cotidianamente: el anciano les gritaba a los niños allá abajo que esos zapatos le pertenecían.

–¡No se los roben, hijos de puta!, ¡son míos!, ¡de naiden más que míos! –sintiendo el rostro inflamado y lo poco que quedaba de su mirada entre lagrimones de impotencia; mientras, los chicos lanzaban el par una y otra vez a las alturas, encantados, después de atar entre sí de nuevo las cintas. Inadvertido el rancio personaje, desde la terraza que seguía gritando con voz gruesa, amenazante, desesperada; tan sólo deseaba interpretar, con su corta vista, el carnaval allá abajo; sin falta el aderezo a la escena inconclusa con transparentes salivazos, cuya consistencia y espontaneidad hizo por un momento pensar, a uno que otro testigo, en la tan anhelada primera lluvia del verano. –Y sea recordado, cómo no: el aplauso del respetable público, aquella tarde calurosa, que le obsequiaron al valiente bombero; soportando bastonazos en su espalda, bajó con el viejo a cuestas, desnudo de todo pudor.

El par de zapatos se encuentran de nuevo colgando, por cuenta y riesgo de un niño; al repetir de esta forma la epopeya de sus padres; con la única diferencia de servir ahora como espantapájaros en la acera de enfrente.

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Ajustándose los anteojos, sin perder de tacto los billetes y su cena, al anciano le parece que esta tarde el cristal de la vitrina de la zapatería tiene una mancha que no había advertido antes; ubicada, tomando en cuenta el ángulo desde el que disfruta de su cotidiano descanso, un poco a la derecha del ventanal de su vivienda, en aquella oscura solana.

Se descalza, pausado. El bastón rebota varias veces sobre el cemento, en su tímpano; ante la indiferencia de la gente, que sigue corriendo frenética en busca de sus propios sentidos; sin imaginar que el abuelo los capturó en esa extraña mancha apenas palpable, rasposa como lija en su yema endurecida. “Verdosa, gelatinosa...” –parece murmurar algo entre risillas.

El bigote humedecido se abre en abanico ante lo que podría interpretarse como franca sonrisa pícara; mostrando a quien quiera ver los últimos tres dientes masticar con delirio el pedazo de pan.

La Red


–La vida es una mierda –afirma, de algún modo vencido por la circunstancia, el escritor anónimo, dirigiéndose a cierto hombre de negocios, con quien comparte de manera casual la botana en la barra de un bar, atiborrada de toda clase de especímenes en sedienta desfachatez civilizada–. Uno siempre debe esperar más de los amigos que de la propia familia.

–Mmm… le diré –responde taciturno el negociante, que alterna su mirar evasivo entre el interlocutor y el cantinero al pedir con ese rápido, estudiado ademán de su índice derecho, otros dos tarros de cerveza oscura–, yo más bien pienso que, en lo mío, en el comercio, los extraños siempre le dejan más a uno que la amistad o hasta la familia; y no me refiero solamente a dinero. Quizás esto se deba –sigue el comerciante, luego de hacer una pausa incierta– a que siempre resulta más fácil conocer la verdad de un fulano.

Después de un profundo sorbo, pintándose un bigotillo que se limpia desdeñoso, el escritor clava su mirar inquisitivo en las pupilas del tipo acaudalado, atreviéndose a decir:

–¿Un fulano… como yo, supongo? –siente la alusión por aquel comentario astuto del tipo que, a pesar de todo, no parece hacer de lo prosaico una de sus mejores virtudes; puede decirse que goza de cierto refinamiento al acomodarse sobre la madera opaca de la barra.

Uno y otro se encuentran estimulados ligeramente por el alcohol que desde hace poco más de una hora ingieren; el escritor le lleva un tarro de ventaja, por haber llegado al antro quince minutos antes. Uno de ellos intenta olvidar por un rato la incomprensión que el mundo le obsequia; el otro simplemente sigue disfrutando del regalo cotidiano que representa una jungla, en la cual él siempre lleva un zarpazo por delante. Los dos en ese punto idóneo emocional; no les estorba ni les apetece la música con cierto volumen molesto; o aquellas tres chicas que por permanecer en su rincón, su belleza explícita más atrae a los clientes en el rumor de vasos, el dominó y risa sin tregua, en otro viernes por la tarde en el centro de la capital, siempre al asecho del mínimo traspié, otorgado en cándida bondad para amanecer fotografiado en close-up de ojeras cómplices, en la nota roja de algún diario, la mañana siguiente.

Hasta antes del último comentario del amante del metálico, el pobre autor –dicho en todos sentidos– hubiera querido decirle a su eventual confidente que le habría encantado nacer en cierto período del Renacimiento, donde las cosas no se rigieran con preponderancia por el dinero; o mejor todavía, en la Atlántida ideal del sentir humano. Por su parte, al capitalista le habría dado lo mismo haber tenido que inventar el trueque durante la Edad de Bronce o practicarlo, espada en mano, en un galeón español. De cualquier forma y circunstancia él siempre ganaría; y no sólo riqueza.

–Ande, siga bebiendo y deje de lamentarse tanto –intenta animar un poco al artista, sacudiéndose con aire sobrado ese polvo de cigarrillo que ha caído en la solapa de su saco gris, como consecuencia de un ligero titubeo de sus labios, al evadir la pregunta del fulano–. La vida es como esta cerveza –prosigue el rico comerciante, pausado pero comiéndose ya una que otra sílaba–: un grado más apasionada de lo que le parece. Sus enemigos, si se atreviera verdaderamente a tenerlos, se lo confirmarían tal y como se lo he dicho a usted.

Como buen novelista –que a final de cuentas es cierto, es un desconocido buen novelista; cavilando inteligencia, a cambio de la picardía del acaudalado–, intuye de inmediato el trasfondo absoluto de la conversación:

–A ver, a ver… vamos por partes –dice, cerrando círculos a su alrededor, decidido; a la vez que, con un palillo de madera, ensarta otro bocado de ese pulpo en su tinta–. Usted afirma que las personas extrañas… eh, los extraños, frecuentemente, quiero entender, le dejan mayor provecho, de diversa manera, que un amigo… si es que se ha atrevido a tenerlos en el transcurso de su vida –esta última frase es en extremo sarcástica, pues el billetudo pasa de las cinco décadas; en tanto el prosista rebasa los cuarenta–; y hasta su apreciable familia –ahora elabora una corta caravana sobre su banquillo, a tal grado que se ve en la penosa necesidad de tener que montarse de nuevo en él, trastabillando–; pero, ¿y sus enemigos? Quiero pensar que usted, caballero, sí se ha atrevido a esa cosecha, tomando en cuenta a tanto fulano en potencia que pulula por ahí. Dígame, de sus enemigos, ¿qué provecho ha sacado?

–¡Ufff! –bufa el comerciante, al tomar una servilleta para limpiarse el sudor del rostro–. Ya lo dijo Vito Corleone, en El Padrino: “Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos” –esquiva de nuevo otra pregunta el millonario.

A pesar de que la conversación comienza a caldearse y una de las tres chicas desfila, pavoneando su carrocería desde el rincón hasta un extremo de la barra repleta, a espaldas del escritor, quien la olfatea interesado, ambos personajes mantienen el buen ánimo. Es más, el escritor comienza a sentir alivio en sus hombros, de esa carga que lo obliga a caminar a diario ligeramente corvo, abstraído, la ruidosa monotonía de las calles aledañas a la cantina.

–Quiero pensar –arremete el escritor, rozando la línea de la ebriedad– que uno que otro extraño, con los cuales ha compartido copas en muchos sitios, en muchas ciudades, pudo convertirse, con el menor pretexto, en enemigo de cabecera para usted –se da cuenta, tardíamente, de que el hombre de negocios apenas retorna de la letrina, intentando cerrarse el zipper, ante la risa simulada de la chica que lo ve pasar indiferente, hasta instalarse de nuevo en su respectivo banquillo; aunque no con la misma gracia en sus modos. Coloca su calzado, con buen lustre, en el descanso de la barra; a diferencia del artista, cuyos tenis melancólicos cuelgan su inquietud como las piernas de un espantapájaros roto por el invierno, cómplice de la palidez de sus facciones atornilladas, sin faltar ninguna, en ese rompecabezas de emociones.

–Le diré algo –habla el tipo mundano, eructando con los poros de su rostro abotagado por la cerveza–, creo que es usted quien echa mucho de menos a un extraño, pues si no me equivoco, algún amigo y hasta su familia siguen siendo insólitos en su vida.

–Los extraños no me interesan –responde el autor, excitado, dispuesto al debate–. ¡Cómo se le ocurre pensar eso! Los extraños son una sombra intrascendente para mí, una especie de cadena, desfilando a diario su banalidad, sin provocarme la menor sospecha.

El negociante pierde un tanto el escrúpulo, al llevar a su boca las ventosas de pulpo adheridas a sus dedos, para luego aflojarse, con la misma mano, la corbata, tan roja como la minifalda de otra de las chicas, quien carcajea vacía, hermosa, limpia, al igual que la nube de cigarrillos alargándose al alcanzar la ventana alta del lugar.

–Lo suyo, amable amigo –al fin afirma el mercader, mientras recuerda la primera impresión que le causó el escritor, al intuirlo interesante por esa extraña manera de sorberse la vida–, permítame decírselo sin afán de ofender. Lo suyo, como le decía, es un vagar profundo y sin sentido.

–¡Sin sentido! ¡En eso tiene toda la razón!... Lo mío es un laberinto sin salida.

–Las salidas están aquí y ahora, allá y mañana, en toda dirección y en cualquier sorpresa… Fue un gusto conocerlo –se despide el comerciante en un rápido movimiento, estrechando la fina mano del novelista; después de colocar un billete nuevo, de alta denominación, sobre la barra mojada–. Le aconsejo no tomarse tan en serio. Ya lo dice la vieja melodía: “... en el fondo de la fosa, ambos llevaremos la misma vestidura...”, ¡Ja ja ja ja ja! ¡Hasta luego!

–––––––––––––––&–––––––––––––––

La cumbia se repite fiel al incesante murmullo. El escritor le dice, a la chica a sus espaldas, que le pida algún papel y lápiz al cantinero. Acaba de hacer su mejor compra en lo que va del mes; mientras vuelve a tender su red a mitad del desierto.

El Blues de Baudelaire


–¡Riiiiiiing!

–Bueno…

El viejo sillón rechina al estirar su brazo para contestar el teléfono; coloca el puro en el cenicero.

–… … … –respiración entrecortada.

–¡Bueno! ¡Quién habla! –grita las palabras, con ese timbre de quien a primera impresión parece un ogro; a la vez que baja los zapatos del escritorio, enderezándose sobre el sillón crujiente, hasta la bocina.

–Hola –se escucha al fin, a manera de queja, la respuesta en una voz aguda, con cierto aire astuto, distante–. ¿Es el 7–18–42–95?

–Sí, aquí es… ¿A quién busca?

–¿Usted puso ese anuncio en el periódico solicitando un loco?

–¡Sí! ¡Yo soy! –brinca hasta la orilla del sillón, remueve infinidad de papeles buscando un bolígrafo y sus anteojos– Eh… ¿cuál es su nombre?

–¿Para qué quiere saberlo? Los locos sólo poseemos un número; otros, ni eso. Dígame, ¿usted también está loco?

–¿Por qué lo preguntas? –dándole una fumada nerviosa al puro; se anima a tutearlo por su desenfado al hablar; pero precavido a la vez, al intuir cierta marrullería en la intención de sus palabras; calculándole alrededor de treinta años: “Buena edad”, piensa; al menos comparada con la suya.

–Porque si no estás loco, tendré que tomar mis reservas contigo desde un principio –le devuelve la confianza al hablarle de tú; mientras el interlocutor tira torpemente la ceniza en el mosaico de la oficina, en total penumbra, al descubrir la sagacidad del tipo–. Y dime, ¿cuánto pagas?

–¿Cuánto pago?

–¡Claro! ¡No puedo caer en el desprestigio malbaratando mi locura, así nada más! Me ha costado mucho trabajo lograr este estado para que cualquier mequetrefe dé al traste con él.

La argumentación del loco confunde al hombre maduro; además de no encontrar por ningún lado su bolígrafo; colocándose al fin sus gafas de forma redonda. Alcanza a vislumbrar la hora en el barato reloj de pared, al extremo opuesto de la habitación: 3:05 PM marcan las manecillas.

–¿Cuándo colocaste el anuncio? –pregunta el loco.

–¿Por qué quieres saberlo? –dibujando una siniestra sonrisa.

–Tengo curiosidad por saber cuánto charlatán te ha estado llamado; ya sabes, nunca faltan los que desacreditan al gremio, con tal de ganarse plata.

–¿Y que tal si en lugar de ser un verdadero loco eres un simple furioso, o un atolondrado e irreflexivo, o un imprudente, o un aturdido, o un obsesionado?

–¿O un juicioso, lógico y ordinario con disfraz?

–Tal vez también apático e indiferente –vuelve a sonreír agudo el hombre.

–¿Normal para ti?

–Común para todos.

–Te diré una de mis características principales: soy ecuánime; y me molestan las personas que tienen al lado un diccionario de sinónimos para burlarse de la gente. Reflejas mediocridad.

–Soy siquiatra; mi intención no es burlarme de ti.

–Más bien pareces un burdo seleccionador de personal. Los siquiatras siempre guardan silencio, esperando a que el cliente… ¡perdón!, el enfermo –en tono burlesco– desembuche la palabra clave para empezar a escribir la receta.

–Se ve que tienes experiencia con ellos –afirma el siquiatra–. Eres muy perceptivo.

–No cambio mi opinión –el loco se lleva la bocina a la otra oreja.

–Me gusta… me gusta –desliza su cuerpo de nuevo, subiendo los zapatos al escritorio; olvidándose ya del bolígrafo.

–A mí no. Te advierto que no quiero volver a tener un jefe, ni un horario, ni una maldita tarjeta por checar cuatro veces al día, como si fuera un robot.

–¿Cuatro veces?

–… No sé si estés enterado, pero los locos también solemos salir a comer a mitad de la jornada de trabajo. Quizás a esto se deba mi trastorno.

–¿A comer?

–¡No te hagas el tonto! ¡A checar tantas veces!

–Yo nunca he tenido necesidad de eso.

–¡Aaah!, ¡un burgués!... ¿O acaso tengo el honor de estar conversando con cierto miembro de alguna extraña ralea sin reino, en este pútrido país?

–¿Eres sicólogo? –pregunta el siquiatra en tono divertido.

–¡Ja ja ja ja ja! Eso me sonó como si el médico cirujano me preguntara: “¿Eres enfermero?, ¿de segunda o de tercera?”

–Si te provocó tanta risa esta simpleza, debes ser un loco prosaico.

–Si no sabes reír, no podrás preciarte nunca de ser un loco; independientemente de todo lo demás.

–¿Y si no sabes rezar? –avienta inesperada la pregunta el siquiatra.

–¿Rezar?..., explícate –duda el loco.

–No… –los ojos del siquiatra se abren al máximo, pareciendo comprender algo.

–¡Ja!... interesante.

–Inteligente –responde el siquiatra, refiriéndose al loco; quien acomete:

–Te hago una pregunta. Para la siquiatría, ¿la inteligencia puede convivir de manera cotidiana con un loco?

–Un chango demuestra inteligencia desde que pela una banana.

–Mediocre respuesta. Ya llevas dos.

–¿Te parece?...ji ji ji –acomodándose confortable en el sillón, que vuelve a crujir.

–El mediocre siempre se refugia en la risilla ilusa.

–¡Oh Dios! ¡Me has desenmascarado!

–Mmm…no me la trago. Actúas, y actúas como principiante.

–¿Te parece? –indaga el siquiatra.

–Pregúntaselo a la gorda y celulítica que seguramente provoca que te corras en las hotlines.

–No me decepciones –se defiende el siquiatra.

–“No me decepciones”… esta frase la recuerdo en “El Silencio de los Inocentes”. Hannibal Cannibal; seguro la has visto infinidad de veces.

–No tiene nada que ver.

–¿Te gusta el hígado humano con garbanzos? –pregunta el loco–, ¿lo sabes sazonar bien?, ¿lo partes con cuchillo o se corta fácil con el tenedor?... Al menos con el mío, creo que tendrías que usar una sierra eléctrica.

–Prefiero la langosta.

–¡Ja!, buen gusto. Buen provecho; yo sólo aspiro a sardinas con galleta y agua del grifo.

–Loco y pobre, mala combinación.

–Para un genio suele ser al contrario. Perfecta mezcla al trabajar.

–¡Lotería! –exclama el siquiatra–. ¡Ya encontré la palabra clave del cliente; ¡perdón!, del paciente; ¡perdón!, del enfermo, según tus propias palabras.

–¡Lotería! ¡Caíste en la trampa! Ahora tienes dudas sobre mi genio; además de haber desenmascarado tu supuesta profesión.

–Interesante charla… muy interesante –afirma el siquiatra.

–¿Te parece? A mí no.

–… … …

–Dudas… ¿te llevé a tu límite?

–Tú conoces la respuesta.

–¡Vaya! ¡Ya era tiempo! Al fin brilla tu cerebro.

–¿A qué te dedicas? –vuelve a interrogarlo el siquiatra, dando cierto giro a la conversación.

–¿Te refieres a lo que mejor hago, y que hago con el alma?, ¿o a la actividad que simplemente me deja dinero?

–Responde lo que gustes –lo invita el siquiatra.

–¡Ah! Regresa el científico… es una pena; lo estabas haciendo bien.

–Qué quieres. Yo soy el patrón.

–¡Puuuaaafff!

–¡Ja ja ja!

–¡Hey! ¡También sabes reír abiertamente! –se mofa el loco–. ¡Eso es bueno! ¡No me decepciones, Hannibal Cannibal!

–Responde lo que gustes –repite el siquiatra, en verdad seducido por la charla.

–Soy un artista frustrado. Respondí por ambas partes.

Un silencio abrumador se convierte en único cómplice por varios segundos; cada cual inmóvil al extremo de la línea, esperando a que el otro tome la iniciativa, ante lo que los dos saben es el parteaguas en la conversación. El siquiatra se atreve, tendiéndole una red al loco:

–Los artistas, generalmente nunca son dados a coleccionar; los coleccionistas casi nunca son capaces de crear algo.

–¡Vaya contigo! ¿O sea que eres un coleccionista de locos?

–¡Ja ja ja! –explota el siquiatra–. ¡Buen chiste! ¡Muy bueno! ¡Me gusta tu anarquismo!

–¿No te has puesto a pensar que existen artistas cuerdos y artistas chiflados? Sólo a un artista chiflado se le ocurriría, además, ser coleccionista; a menos que coleccione fracasos.

–Un fracaso lo tiene cualquiera –afirma el siquiatra–; lo importante es saber si estuvo fuera de nuestro alcance el evitarlo o no.

–¡Ya te me estás poniendo retórico! Ahora tú eres quien parece sicólogo. ¿Además del diccionario tienes una botella de ron al lado?

–A mi lado sólo ten…

–Tengo el periódico de ayer aquí –interrumpe el loco; mientras el siquiatra apaga su puro en el cenicero, extrayendo de su sobretodo un encendedor antiguo, muy bello; dándole vueltas en su mano–: “Solicito loco para trabajo fácil. Teléfono 7–18–42–95”…Dime, ¿en qué consiste ese trabajo fácil?

–¿Por qué lo preguntas en ese tono irónico y mordaz?

–¿Sigues consultando tu diccionario?

–Simple práctica –responde, escueto, el siquiatra.

–Sinceramente, cuando leí el anuncio por primera vez, no podía creerlo, me provocó mucha risa, intriga. ¿Qué pretendes?, ¿formar un sindicato de perdedores?

–Te estás proyectando –indaga el siquiatra–; yo no he utilizado la palabra “perdedor”.

–Pero el tono de tu voz te refleja. ¿No te das cuenta? Sólo expreso lo que intuyo.

–¿Qué edad tienes?

–¿Por qué preguntas si ya lo sabes? Creo que lograrías adivinar también mi signo zodiacal y hasta mi número de seguro social; y no sólo el mío, el de cada uno de los tontos que te han llamado y te seguirán llamando, cuando cuelgue el teléfono.

–“Tonto”… interesante… ¿Hijos?

–No. Y no te molestes en preguntarlo, tampoco soy casado. Cuando tengo ganas de echarme un polvo, simplemente marco el teléfono de mi querida.

–¿Qué opinas sobre el arte actual? –intenta averiguar más el siquiatra, girando de nuevo la conversación.

–Me tiene sin cuidado.

–¿No será que te obligas a no querer comprenderlo?

–No hay nada que comprender al respecto. No indagues por ahí… Hace muchos años que todo viene siendo una imitación burdamente matizada… … … Mira, esta agradable charla se está prolongando; ya debo regresar a la plancha. Mejor dime en qué consiste el trabajo y cuánto pagas. Estoy harto de las entrevistas inútiles.

–El trabajo es lícito. Ganarás lo suficiente para no volver a trabajar nunca. ¿Alguna otra pregunta?

Al fin, el siquiatra logra que el loco vuelva a dudar un instante:

–Eh… Sí, ¿por qué…?

–Si haces un buen trabajo –ahora es el siquiatra quien interrumpe– yo mismo me encargaré de que el mundo conozca tu nombre… Por cierto, ¿qué es eso que “mejor haces y, además, haces con el alma”?

–Escribo –responde el loco, indiferente.

–¿Cuento?, ¿novela?, ¿poesía?, ¿ensayo?

–Poesía, sobre todo poesía. La desparramo con verdadero arte en puertas y paredes de baños públicos, por toda la ciudad. Cada semana renuevo mi trabajo.

–¿Y cuál es esa actividad que simplemente te deja dinero?

–Te lo diré –responde sin titubear el loco–, es la verdad: soy asesino bajo encargo.

La declaración toma por sorpresa al siquiatra. Retirándose los anteojos; clava su mirada en ese círculo borroso que parece marcar las tres y tantos de la tarde.

–Creo que tienes miedo, siquiatra –se está mofando; mientras retorna la bocina a la otra oreja–. Mira, no siempre mato gente; es más, es raro cuando realizo un trabajo así. Mi labor, pensándolo bien, consiste en deformar rostros; la misma víctima es quien paga el servicio; ya sabes, para acelerar un divorcio, para vengarse de alguien…

–… … …

–Y bueno, a manera de pasatiempo, también tengo un grupo de rock.

El siquiatra comprende que debe entrar en la conversación, para evitar ser evidenciado en su estupor:

–Y…, ¿han hecho alguna grabación? –recordando un lúcido diálogo en su consultorio, meses atrás.

–Mmm… evitas el tema que en verdad te interesa.

–Simplemente responde si te place –baja de nuevo los zapatos del escritorio, muy despacio, en actitud de quien le avisan que acaba de ganar el primer premio de la lotería.

–No. Lo hemos intentado con un demo, pero nos dicen que no venderíamos un sólo disco.

–¿Tan malos son? –pregunta por puro reflejo el siquiatra; a la vez que en su mente se fraguan varias incógnitas, posibilidades que él mismo duda si se atreverá a exponer.

–Componemos música por el gusto de crear; ¡y no somos coleccionistas de discos! –en son de mofa–. Como ya te imaginarás, las letras son mías. Digamos que el dinero no nos interesa, aun cuando te parezca estúpido.

–No me lo parece –afirma el siquiatra, consecuente.

–No te creo… en fin. Tenemos una propuesta que va más allá, por ponerte un ejemplo, de la disfrazada monotonía de cuerdas en U2.

–Ajá –el siquiatra no sabe gran cosa de rock; responde, mientras idea el plan.

–Pero no es decir mucho –sigue el loco–, las masas carecen de memoria musical. El verdadero rock es vasto en originalidad y clase de primer nivel, incluso comparando a sus creadores e intérpretes con un Brahms o un Stravinski. ¡Cómo olvidar a Rick Wakeman en esos solos de órgano, con su banda que lindaba el rock sinfónico a principios de los setentas! ¡Pero el mediocre comercialismo ha provocado que la grandiosidad del rock se adormezca en las mentes débiles! Nueve de cada diez personas son mentes débiles, aunque ejerzan cualquier profesión.

El siquiatra reacciona, ha atendido solamente a la última frase de la ponencia que oyó, mas no logró escuchar.

–Ajá… eh… dime una cosa…

–Tenemos montada una adaptación en español a cierta poesía de Baudelaire, a ritmo de blues ligero. Digamos, al estilo de John Mayal en su segunda época, con uno que otro pasaje de flauta transversal.

–¿Qué poesía es? –se concentra de nuevo el siquiatra en la conversación, al reconocer que difícilmente llevará a cabo el cometido oculto, detrás de su anuncio en el periódico.

–El título no lo recuerdo –responde el loco–; alguien dijo alguna vez que el título es lo que menos importa. Es aquella en la que se pregunta por qué los genios prefieren a las prostitutas, en lugar de cualquier otra mujer.

–¿Tú, por qué crees que las prefieran?

–Vamos, es sencillo. Al genio no le interesa el dinero; en cambio, el tiempo es muy valioso para él, no le alcanza para andar por ahí seduciendo mujeres.

–Ajá… Y dime, ¿cuál es el nombre de tu grupo?

La Mostaza. Ya tenemos ocho años. Somos un trío.

–¿Y quién los escucha?, ¿cuál es su público?

–Nadie… Nadie entiende nada nunca.

–¡Bueno, bueno!... Respóndeme: ¿alguna vez has estado en la cárcel?

–¡Vaya! ¡Retomas el tema que en verdad te interesa! –afirma, excitado, el loco.

–Ahora parece que yo soy el paciente y tú el siquiatra.

–No te esfuerces, no muerdo tu anzuelo; aunque de buena gana te asignaría una receta.

–… … …

–Ni con tu silencio muerdo el polvo, siquiatra.

–Al menos responde mi pregunta.

–Nunca he estado en la cárcel. Soy un profesional; lo mismo con el cuchillo, con la jeringa, con mi requinto.

–¡Oh! Además eres el requintista de La Mostaza… Pero, según entiendo, un profesional es el que cobra por su trabajo, y tú no cobras por tocar la guitarra.

–Esa es la idea consumista del concepto. Un profesional simplemente es quien domina su arte; y bueno, el mismo concepto también incluye a quienes dominan sus aburridas profesiones.

–¿Quieres decir que… también dominas el arte del cuchillo y la jeringa? –pregunta el siquiatra, intrigado.

–Mira, ya tengo que regresar a la plancha.

–¿A qué plancha?

–Acaba de llegar una clienta; ¡perdón!, una paciente –jocoso–. Antes de marcarte, le descubrí el rostro: creo que logrará inspirarme algunas líneas… No pasa de cincuenta años. Comprende que también tengo que estudiar su cuerpo, para ver dónde será prudente pincharla; si dejo que pasen los minutos, mañana, su venganza no pintará la pared de un teatro que ya he seleccionado; y con un poco de suerte, si me acepta un café al rato…

–¡Hannibal Cannibal! –grita el siquiatra.

–No seas vulgar. No me decepciones.

–¡Yo nunca te decepcionaré! ¡Dime!, ¡en qué baños públicos puedo leer tu obra!

–Preferiría que escucharas a La Mostaza, mañana, en vivo, como único espectador. De esta manera, podrás conocer mi poesía sin necesidad de pujar desesperado en un WC –afirma divertido el loco.

–¡Bien! ¡Dime dónde!

–No. No te atreverás a venir –responde el loco, pareciendo ocultar algo en sus palabras.

–¿Me estás provocando? ¿Acaso tienes planeado deformarme el rostro con tu guitarra?

–Mi guitarra vale más que tu cara abotagada. Te voy a tirar tus dientes flojos, uno por uno; no sin antes arrancarte la barba; el día que llegues aquí, donde ahora estoy, ni antes ni después, tenlo por seguro.

–¿Y cuánto me vas a cobrar por el servicio? –pregunta el siquiatra, un tanto desconcertado.

–Será un genuino y transparente trabajo por amor al arte. ¡Al arte contemporáneo! –burlón–. No te cobraré nada. Y si se me pasa la mano, confía en mí en que te dejaré tirado en un basurero, con tu cartera intacta.

–Sólo te pido un favor –añade el siquiatra, haciendo énfasis en la frase.

–Dime…

–Cuando termines conmigo, no se te vaya a ocurrir invitarme un café.

–¡Ja ja ja ja ja! No te preocupes, siquiatra –con desprecio–, yo no te invitaría ni a tu velorio.

–¡Oye! –grita de nuevo el siquiatra–. ¡Dime, dónde leo tu poesía!

–Mejor explícame de una vez en qué consiste ese trabajo fácil.

–No creo que te interese. Siempre será más emocionante un trabajo como el tuyo.

–Me interesa más no volver a trabajar nunca.

–¿No dices que el dinero no es precisamente de tu predilección?

–En lo que respecta a mi poesía, no. Pero el olor a formol, ¡puuuaaafff!, ¡ya no lo soporto!

–El trabajo fácil consiste en asesinarme –contundente, seguro de sí mismo; dejando caer en un descuido sus gafas al suelo.

–Dijiste que era un trabajo lícito –responde el loco–; ¡yo no puedo hacer eso!... Además, se supone que… al matarte, mi nombre se inmortalizará… ¿Quién demonios eres?

–Ahora eres tú el intrigado, ji ji ji.

–¡Eres patético!

–Soy un simple, común y corriente crítico de arte, frustrado, que suele jugar a los policías y ladrones; ni más ni menos que tú –declara el siquiatra.

–¡Voy a colgar!

–Cuelga, no hay ningún problema de mi parte, ji ji ji.

–… … … –bufando.

–… … … Ji ji ji.

–¡Eres un hijo de puta!... pero yo no podría matarte.

–¡Y tú un asesino iluso! –responde el siquiatra, cambiando de pie sobre el escritorio.

–Mmmmm. Empezamos a entendernos.

–¡Tú puedes hacerlo!, ¡y lo sabes! –sentencia el siquiatra.

–… … …

–Te pido otro favor.

–Tú dirás –responde el loco.

–Que sea rápido y sin sufrimiento.

–Está bien, tú ganas. Será rápido y sin sufrimiento, te doy mi palabra de que así será. Es más, prometo que rezaré por ti.

–¿Y cómo piensas hacerlo si nunca aprendiste?

–Bueno, espero que sea pronto –agrega el loco, evitando el último comentario del siquiatra.

–No lo sé. Tengo muchos expedientes en proceso.

–¿Expedientes de locos?

–No. En perfecta cordura, deseando ser locos.

–¡Mándalos al carajo! Seguramente son en su mayoría profesionistas de éxito.

–Esperaré con profunda emoción el día en que caiga al fin en tu poder.

–Mi cuchillo siempre estará afilado; te prometo usar hipodérmica nueva, para evitarte cualquier contagio

–¿Qué escribirás con mi afán de venganza? ¿Dónde lo harás?

–Eso no puedo decírtelo. Mis deseos se renuevan a diario, pero nunca un día antes. No hay mayor emoción que esto.

–No sé por qué, pero me da por pensar que estás muy cerca.

–Por muy cerca que esté, tu dinero te lo metes por donde más valga; y la fama por haberle rebanado el cuello a un chango que sabe pelar bananas, se lo heredo a Baudelaire. Salúdamelo si lo ves algún día; aunque lo dudo. Pero si es así, cuéntale de su blues; estoy seguro de que le encantaría escucharlo.

–No te preocupes, lo haré.

–Recuerda, soy un profesional. No tendrás tiempo de gritar tu dolor. Y por cierto, tenías razón, el trabajo es lícito, tomando en cuenta la mediocre definición de “profesional” que se aplica hoy día a tanto pelele.

–Lo acepto; es más, me rindo.

–Y yo acepto que te mentí: colecciono mediocres –declara el loco.

–Pudiste haber sido mi único paciente; nunca tuve clientes.

–Tú sólo eres uno más… Supongo que tienes “las patas” subidas en el escritorio, como siempre.

–¿Te sigue molestando? –pregunta el siquiatra.

–Eres muy vulgar. Sobre todo cuando pisas algún chicle.

–¡Oye!

–Dime... –responde el loco, impaciente.

–Recuerdo que preferías pasar la tarde escuchando a los Beatles, en lugar de perder tu tiempo en la calle, entre tanto enfermo.

–Recuerdas bien.

–Llevaré un disco en mi sobretodo. Quiero que lo pongas cuando prepares la tinta.

–Te prometo que lo haré.

–Y no olvides rezar –suplica, divertido, el siquiatra.

–… Debo irme.

–Fue un gusto.

–Lo mismo digo.

–Por cierto –agrega el siquiatra–, también llevaré en el sobretodo aquel encendedor de gasolina que perteneció a tu bisabuelo, ¿lo recuerdas? Tenías razón, vale mucho dinero.

–¡Desgraciado! ¡Tú lo tienes! –a través de la bocina, parece haber sufrido una caída el loco, rompiendo algún vaso de cristal.

–¡Lotería! –poniéndose en pie, explota en emoción el siquiatra, provocando que el viejo sillón rechine en el oído del loco–. ¡Te lo mereces por haber quemado con él ese magnífico párrafo! ¡Y todo por haberte terminado mi vodka! ¡Ebrio estúpido! ¡A mí el ron no me gusta! ¡Y para que dejes de pajearte el cerebro, la palabra clave en el blues de Baudelaire es “jódete”, en la quinta línea del tercer párrafo!

–… … … –resoplando.

–¡No faltaré a mi cita! ¡Claro que no faltaré! ¡Veme buscando una mujer! ¡Sólo te pido que ahora me digas dónde demonios escribiste ese último verso, imbécil!

–¡CLIC!