viernes 22 de octubre de 2010

El Mall de Olores


“Y bueno, ¿lo vas a hacer o no?”
Se regaña a sí mismo, molesto de esta situación ridícula que le incomoda más por no tener con quién compartirla; en un encerrado murmullo de su voz aguda; sin entender por qué sigue deteniendo con sus manos de oficinista el volante tibio del auto de la compañía, que lo lleva cada tarde a casa y a menos de diez metros de su escritorio, por la mañana; impecable, limpiecito y rasurado que espejea, para hacerle frente a cada taco y a las extravagancias de su jefe. Pero desde hace una semana también muy oloroso, en el sentido turbio, casi inmoral de la palabra.
Consciente está que es el momento de deshacerse de su viciado aroma que, a ratos, durante el día, también a él se le ha comenzado a introducir, cínico, persistente, profundo, por la nariz; seguro que al igual que a muchos en el noveno piso; aun cuando nadie se ha atrevido, hasta hoy, a decírselo de manera clara, a demostrarlo al menos de forma indirecta, en el despacho de la firma de auditores, donde funge como contador de toda confianza; ni siquiera el jefe, con el que almuerza una vez a la semana; o la señora Ordóñez; aunque quizás el gesto fruncido de esta arpía, que se las da de secretaria, desde hace una década, en la sociedad consultora, como si fuera una zorra vieja –no viene a ser lo mismo que una vieja zorra-, incluya un milímetro en el pliegue del arrugaje de su mirada, interceptando también con su sensor olfativo esas moléculas pestilentes que pululan por todos los rincones de la oficina.
-¡Pucha que ya han de saberlo todos! –golpea el volante de piel pero su grito no lo ha oído nadie por tener los cristales del Toyota bien subidos. En fin, de algo ha de servir el desodorante ambiental y hasta la música de fondo, sicológicamente envolvedora, en su trabajo.
Pero vamos, no hay que ser tan trágico. La verdad es que Gastón Luco, por otro lado, tiene gran suerte de poseer una familia noble, sincera; aunque no le quedó del todo claro anoche si su esposa y el hijo se lo recordaron ante el amor al sacrificado padre o por simple necesidad de respirar un poco de aire puro; en ese reverencial momento en que a Gastón le gusta botar los zapatos al piso, dejando caer sus ochenta kilos sobre el gastado sofá –donde ayer tuvo que dormir, como preso sin rejas que no acaba de entender del todo su delito involuntario-, con ese suave pero hondo suspiro que a menudo se confunde en desdeñante resoplo de cansancio; mientras veía –nunca escucha- las noticias en la tele.
-¡Papá! –al fin su hijo explotó, a mitad de un éxtasis en evidencia- ¡Sigues hediondo! –de nuevo el niño, en media docena de años, clasemediero, con futura opción a un trabajo donde, de preferencia, pueda desarrollar su “vida profesional” sentado, se encerró en su pulcro cuarto.
El octavo de segundo del portazo, seco, humillante, le alcanzó al crío para imaginar lo que le esperaba en la cena, cuando tuviera que aliñar el pan con una rebanada de jamón y esa exquisita ventolera invisible, estática a veces, que incluso parece rozarle el rostro; y que ni el mejor podólogo, con experiencia en tormentos, sin cámara anti-gases, soportaría.
-¡Mira que te lo advertí desde que volvimos de vacaciones! –aprovechando la rabieta del chico, le tocaba el turno a ella, por lo bajo, en un tono que no admitía postergación- ¡Pero tú necio en Coquimbo con zapatos! ¡Ridículo! ¡Como si nunca te hubieras metido al mar! ¡Ve ahora lo que has provocado! –con todo el dolor de su nariz aguileña también azotó la puerta de la cocina, para que ese aromatizante fabuloso no se mezclara con la mayonesa light.
El dictamen de la señora fue aprobado en unanimidad cuando el perro de la casa, diminuto faldero neurótico, prefirió meterse a su camastro, estornutante sin cesar, a cambio de salir, como siempre, al saludo de su amo. Hasta las ventanas del living fueron demostrativas de su rebeldía al buen Gastón.
-¡Si no pones remedio a esto te va a costar el trabajo! –su esposa de nuevo, al salir de la cocina con la cena lista- ¿Acaso no te das cuenta que respiramos veneno?

“Me estoy pudriendo…”
Ya no es un regaño hacia sí mismo; ni siquiera le queda pizca de molestia o resentimiento. Al contrario, ahora se siente afortunado de estar sin compañía, excepto por una mosca que le zumba, inesperada, a sus espaldas; de que no tiene ningún sentido detener el volante inmóvil del Toyota, cuando lleva más de diez minutos estacionado en el mall de La Florida. “Maldita Ordoñez, con razón la carcajada de ellas en el baño… Se me hacía raro que el jefe me pidiera que revisase lo de la constructora a medio almuerzo… ¿Será posible que hasta Clarita me haya evadido al enviarme ese mail?”
El rostro se le metamorfosea de vergüenza. Como siempre sucede, fue el último en enterarse.
Al bajar calmo el vidrio de su lado se da cuenta del terrible olor que lleva dentro. Aunque no huele tanto como hace una hora, cuando se sacó los zapatos mientras prendía el motor, al salir del trabajo. Esos mocasines de tan buena calidad plástica que durante seis meses supieron trasladarlo de aquí para allá, en perfecta imitación de piel, ahora descansan como filetes de vacuno clonado, a medio cocer, con mucha cebolla, sin antídoto de ser freídos, en la parte de atrás del automóvil. Perfectos para su exhibición en el facebook.
Llegó el momento. Toda su mesura, su decencia, y un poco de amor propio, lo empujan a actuar porque sabe que es el único día en toda la semana donde cuenta con una hora para lograrlo. Está de por medio el devenir sedentario de su hijo y hasta el buen funcionamiento del refrigerador que heredó de su hermana, el día de su boda.
Así como no decidiéndose, de pronto la puerta del auto cede un poco, lo suficiente para sentir el ligero viento de la tarde, mientras sube de nuevo el vidrio, tan titubeante que parecía que nunca terminaba de ascender. Abre más la puerta; el pie izquierdo se le sale como le brotaría a un títere de madera, al salir de su estuche; envuelto en un calcetín de rombitos negros y verdes, más verde aceituna que negro con pelusa gris, inarrancable. Pero es demasiado, debe esperar; en tanto que la planta de su pie palpa, a través un cosquilleo que corta la profundidad, aspereza y hasta alguna forma puntiaguda entre las piedritas del pavimento caliente. Deja que pase primero esa pareja de chicos que no reparan en él –se pregunta si los audífonos que lleva cada uno les impiden darse cuenta que se hacen compañía-, y la señora cargada de bolsas. ¡Maldita sea! ¡Por qué se tenía que detener ese guardia en la esquina del estacionamiento por donde va a tener que caminar!
El desfile no terminará nunca. “¡Hazlo ya!”, se reprende, con una sensación de injusticia bien arraigada, porque jamás fue su intención caer tan bajo; que incluso su madre, el martes pasado, por eso ha de haber fingido el dolor de cabeza, cuando Gastón la fue a visitar, terminando por desayunar solo.
Siente el asfalto vivo traspasándole los calcetines, como un bebé que no quiere llenar de pánico a todos al mantenerse en pie por primera vez; y no es que los ignore, pero de pronto su mente se bloquea al punto de no advertir a nadie, ni siquiera al guardia distraído. Una mueca de “soy uno más que viene a dar vueltas por el mall” se le instala en el semblante, al titubearle la figura medrosa que, a cada paso que da, descubre lo estriado, pero también confortable, a tramos, del duro suelo que se extiende algo más de veinte metros, antes de alcanzar la zona peatonal; mientras la pregunta que navega en la respuesta que no recuerda, supone que le echó llave al auto; y procura levitar en lo posible, luego de esa cosa extraña que lo hizo brincar, al pincharle el talón, tragándose en un grito el dolor y la terrible rasquiña de su pulgar izquierdo. –Durante el camino pisó los pedales con el calcetín, aprovechaba los semáforos para restregar un pie con otro; procurando no ser evidente con su mueca desesperada.
El adoquinado tiene menos inconvenientes de equilibrio, pero ni así pierde de vista cada pisada que da. Cincuenta y cuatro son precisas para que la inteligencia de la puerta del mall le abra paso supremo. Por primera vez en su vida reflexiona sobre los inconvenientes de tener tan sólo un par de zapatos, uno al año gracias al aguinaldo que nunca le falta. Y todo porque Gastoncito quiso construir ese volcán de arena en una playa de Coquimbo; añadiéndose al expediente del involucrado que, cuando le dieron ganas de hace pis, no se atrevió a meterse de nuevo al mar, independientemente de las medusas, debido a la tragicómica imagen que de él mismo le vociferaba su esposa, desbordante de grasa como globo desinflado a medias. Ir a un baño público, a tiro de piedra, hubiera resultado para Gastón convertirse en el mejor payaso de todo el verano. Era más simple rodear con sus muslos el pequeño volcán de su hijo, hacer un hoyito en la arena y…
Fue un respiro para él salir a caminar esa noche, solitario, por el litoral oloroso, conversándole las olas al oído como un amigo sincero. Le llegaban aromas simultáneos de leña y marihuana; alguna motocicleta y risa de chicas ante el naufragio del sol; la despedida de una gaviota, la invitación de una guitarra y hasta de un barco que se iba o llegaba a lo lejos, en el otro extremo de la bahía; en línea recta donde el faro, de pronto, le avisó que una ola estaba a punto de revolcarlo.

Tiene problemas: el calcetín derecho se le ha arrugado en el empeine; pero no hay nada que hacer, estirárselo sería delatarse. Es uno más ¡y tan rica la tarde!
“Pero claro, el aparatito eléctrico pal niño y las cremas de ella. ¡Y yo con todo! ¡Y yo sin nada!... ¡Cómo querían que me metiera al mar descalzo, con tanta medusa!” –genuino socialista alineado a la derecha, siempre detrás de alguien, de quien sea mientras siga caminando; la mirada al fin de frente, el suelo liso de exquisito, aunque un tanto frío; tan encerado que por momentos pareciese flotar. ¡Deberían sentir todos, esto!
Necesita una zapatería, una; pero no se ha atrevido a entrar en las primeras dos. Eso de los rombitos y la pelusa es cosa seria; además de que la experiencia de tocar, sentir, ese manoseo de sus pies hasta apoderarse, como gran cavernícola, del mall entero, pulsando un linde sin límites ni tropiezo. Sobre todo se da cuenta que, hasta este momento, nadie advierte que va descalzo, nadie.
La pesadilla mental se diluye hasta lo más bajo de su columna, de sus humillados pies que de pronto se montan, con denuedo, en una escala mecánica, tan larga que el tiempo le alcanza para terminar de relajarse, a pesar del canto sugestivo de un altavoz que se cuela desde el cuarto piso. –Gastón Luco no recuerda otra situación en su vida donde el problema se convirtiera en asunto de seguridad familiar, social y laboral. Además, si no tiene mal aliento, y con ese aire acondicionado tan potente ¿por qué ha de temer pedir un par de zapatos?
-¡Hola! –casi se desmaya ante el cordial saludo de la chica rubia, impecable. Hasta ahora no se ha preocupado de que alguien lo pisara. El perfume de la empleada se le mete en los ojos; pero tampoco descubre la mujer el detalle embarazoso. Luco disfruta ahora de la confortable, necesaria alfombra, y de un descomunal espejo que lo enmarca como la mejor estampa anti-comercial. No se le ocurre dónde ni cómo esconder sus calcetines, que de pronto siente como si fueran parte de una caricatura de Bruno Bozzetto, en close-up, entre ese glamur que lo retorna a sentirse muy poca cosa; porque una persona no puede interpretar el absoluto de lo que ve en su propia fotografía, o en un dibujo de sí mismo: todo esto refleja las circunstancias, el desnudo que la vida ha puesto en nosotros, pero al revés; idea, figura poderosa en inversa perspicacia, sin misericordia del ángulo que no habíamos advertido. La teoría paradójica del fotógrafo en su espacio ideal.
“Apuesto a que ella no lleva calzón –piensa, con humor negro. Administra su respirar, en pro de su abdomen insurrecto, vacío-. Cuando me meta la mano al bolsillo, para pagar los zapatos, todos estarán a mis pies.”

La alfombra estuvo a punto de transformar su calcetín en verdosa tobillera. Pidió medirse unos Hush Puppies 44, tan amoldados a él que de súbito se le volvió a olvidar su purgatorio. Le hubiera gustado comprarse otro par, pero con éste se cerrarán las ventanas de casa durante el otoño; para que no tenga que fingir sus gestos, por un buen tiempo, en un mall. ¡Hasta la Ordóñez mutará de zorra en perra!
-Y bien ¿me van a saludar o no? –sus dedos rozan el volante del Toyota cuando introduce la llave. La oración, observándose orgulloso en el espejo retrovisor, está dirigida, sobre todo, al jefe, a Clarita y a todos los involucrados en el maldito piso nueve; enfilándose hacia la salida. –Sabe que no es justo, que no se lo merece, pero le entra de nuevo esa picazón en el pulgar; con la diferencia de que esta vez no puede hacer nada, más que esa mueca que le rechina los dientes. A final de cuentas, la voz propia es la que, tarde o temprano, nunca se olvida.
Estirándose al máximo toma con la mano derecha esa cosa maloliente desde el fondo del asiento de atrás, colocándola a su lado. Todos los vidrios del Toyota le muestran sus respetos, al igual que un par de moscas que huyen despavoridas de su encierro; hasta el guardia del estacionamiento, tan inmóvil que una estatua sentiría tristeza por él, al no percibir ese exquisito aroma  a piel imperecible.
El animal cercano al hombre, que más se ha resistido a su domesticación, es la mosca; incongruentemente, es ella con la que sentimos más inmediatez. Ya no buscamos la venganza en contra suya, dándonos el insecto una gran lección, al hacernos sentir el mal gusto que con el tiempo deja el resentimiento, la revancha, el castigo hacia la naturaleza. Pero necesitamos dar un último paso: la reconciliación; aun cuando hace falta valor para lograrlo; además de dos o tres generaciones de personas que conviertan el síndrome de estatua sentada, como el más viable camino para “desarrollarse en su vida profesional”, en un error superado para siempre.
Ser valiente, basado en una monótona repetición, más bien puede resultar cobardía ante el cambio. Serlo en la salvedad, ahí radica el secreto.
Toma la avenida hacia el sur, que lo lleva a su casa, donde el perro, el hijo y la santa mujer –sin religión conciliadora de por medio- esperan un milagro; mientras tanto en la radio Gastón oye –nunca escucha- una nota procedente de Copenhague –seguro que hoy los políticos chilenos no tuvieron nada que ofrecerle al mercado de la información-: Paul McCartney, agotado de musas, dijo en la Convención Mundial del Cambio Climático, que el medio ambiente mejoraría mucho si se multiplicaran, en el mundo, los vegetarianos como él. “Un día mundial sin carne”, propuso el anciano Bicle.
En la esquina más transitada, cerca del hogar, Gastón descubre, con insufrible comezón en su pie, dentro de ese maravilloso Hush Puppies 44 que lo transporta en otra atmósfera terrenal, a ese eterno traga-fuego que desde hace casi veinte años lo ha llenado de suspiros, que podrían traducirse en envidia vindicatoria, sin jefe ni ordoñeses qué ordeñar, a cambio de perder el sentido del gusto; pero ¿el buen gusto no es más importante?
-¡Hoy no tengo monedas, compadre! –le grita Gastón al actor callejero, con su voz aguda, cuando éste pasa a su lado, después de su acto.
Le encanta al oficinista esa teatralización nocturna, brillante de rojo por las luces del semáforo; y la descomunal llama que parece alcanzar, por un instante, los alambres de la televisión por cable, el teléfono y su pesadilla.
-¡Pero te tengo una sorpresa! –añade Gastón, entre el ruido del taco, tomando de las cintas sus viejos mocasines, que le ofrece al traga-fuego de toda la vida; quien mete freno forzoso en su desfile busca-monedas y en esa plasta de rostro que de pronto se vuelve media sonrisa; cuando el semáforo contrario prevé en naranjo.
El gran personaje de rostro-cuerpo negroide y poca estatura, cuando el verde lo obliga a correr hacia un costado, parece protestar en un pateo bucal que casi silba, más allá del tráfico, haciendo de sí un tesoro sus manos encallecidas:
-¡Gracias jefe! –es la voz de lumbre del artista que, por un instante, a su vez envidia la lisura, rosada delicadeza de las manos de Gastón- ¡Con éstos, me compro un cuarto de pierna y cebollita! ¡Hasta mañana! ¡Que le vaya bien!

Una hora después, los zapatos fueron ceniza, entre los cables de la luz.

1 comentarios:

Bernard Dumaine dijo...

Gracias per usar mi cadaver exquisito " The complications" con Pinina Podestà....